Al otro día, jueves 22, con resaca asesina y todo, desayuné, hice el check-out, y me tomé el tren a Praga. Allá me esperaba mi amigo Carlos, que fue una guía Lonely Planet en carne y hueso, haciéndome conocer lo que se podía en un rápìdo vistazo. Tenía sólo unas pocas horas y no pretendía entender un pueblo totalmente diferente, con su lengua, su moneda, y su historia independientes. Me conformo con haber visto el glockspiel similar al de München, pero mucho más humilde (de unos 30 segundos), conocer el castillo al otro lado del río, recorrer sus callecitas pequeñas, casi asfixiantes, ver la casa de Franz Kafka, saber algo de su principal prócer, Karolo Quarto, y principalmente compartir un rato con mi amigo, que no veía hace años.
Carlos me hizo probar distintas cervezas, bebida principal del pueblo checo, que la consume más que el agua. Pero para su indignación, me parecieron medio desabridas, no me gustaron más que algunas de las alemanas. (Ahora que lo pienso, la resaca debe haber afectado mi sentido del gusto!)
A las 3 de la mañana tomé el taxi al aeropuerto, que me costó 1.100 coronas! (unos €40) Me habían dicho alrededor de 760, así que fue un robo. Pero había leído que hasta hace un tiempo los taxistas checos tenían un dispositivo eléctrico para aplicar descargas a los pasajeros que se negaban a pagar sus disparatadas tarifas, así que no me hice mucho el loco y pagué.

Es verdad, es una ciudad llena de romanticismo, historia y arquitectura. Digna de ser conocida. Por eso, si se deciden ir a conocerla, no duden en consultarme. Hace anos que vivo en esta maravillosa ciudad y puedo ayudarlos en lo que necesiten.
Un abrazo grande a todos mis paisanos.
Fernando Redondo
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